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Hotel la Caminera

Disfrutar - Tradiciones y costumbres

 - La aceituna y la tortillá

Fiesta que se celebraba después de la recogida de la aceituna para celebrar los días compartidos de trabajo duro y frío.

En nuestro pueblo no se da la aceituna de verdeo; únicamente se produce la negra para la extracción de aceite, pero antes de ennegrecer, bastante gente cogía aceitunas verdes para aliñarlas convenientemente y comer en la mesa.

De las tres recolecciones del año (cereal, aceituna y uva), la de la aceituna era tal vez la más importante por el montante de ingresos brutos que suponía para el pueblo y porque las familias modestas echaban un par de meses de trabajo, que servía para pagar deudas y reponer fondos. Esto si el año se presentaba bueno, porque, aparte de la irregularidad de las lluvias, la oliva es un árbol que normalmente da un año bueno y otro regular o malo.

El trabajo empezaba después de la festividad de los Reyes y no se paraba nada más que el día de San Antón (17 de enero), que se celebraba a lo grande, pero las “cuadrillas” de hombres y mujeres había que organizarlas antes y prepararlo todo bien, pues si la cosecha era abundante, había cuadrillas que cuando terminaban con un amo seguían con otro.

Llegado el día de empezar, muy temprano, las calles se poblaban de carros, burros, perros y grupos de aceituneros que se dirigían al campo. Dado la crudeza del invierno en La Mancha, las mujeres se abrigaban con pantalones bajo largas faldas y gruesos chaquetones y pañuelos o mantos por la cabeza.

Llegados al tajo, mientras se iba preparando el trabajo, se echaba una buena lumbre y se colocaba el hato bajo una oliva. Los hombres colocaban mantas alrededor del tronco del árbol para recoger la aceituna que caía mediante el vareo de sus ramas. Pero como las mantas eran pequeñas y no cubrían todo el espacio a la redonda, por donde se esparcían muchas aceitunas de las derribadas, se formaban los llamados suelos en la cava del árbol y en algunos metros a la redonda. Estos suelos eran los que recogían las mujeres hincadas en tierra, de rodillas o como se pudiera, para coger las aceitunas revueltas entre tierra y piedras, una a una, con guantes de dedos descubiertos.

Los hombres hacían su trabajo en silencio, o charlando un poco de cuando en cuando, pero las mujeres formaban buenas tertulias, cotilleando de todo lo que fueran novedades o noticias locales, contando chistes o cantando.

Los hombres cogían las mantas por los cuatro picos y, a hombros, transportaban los montones de aceituna para depositarla en grandes capachos de esparto; las mujeres iban llenando el delantal que también vertían en los capachos. Así se seguía la tarea hasta media mañana, en que se paraba a almorzar. Después se hacía la segunda salida hasta la hora de la comida del mediodía que, si hacía buen tiempo, se realizaba cara al sol, en forma de corro, hombres y mujeres, animando la comida con chascarrillos, chistes y otros pasatiempos parlantes.

Al anochecer, después de la última sesión, los caminos se volvían a poblar de gente, ahora casi todos andando, pues los carros iban cargados con el fruto recogido, recogiéndose cada mujer en su casa, mientras los hombres se dirigían a los molinos para descargar y pesar la aceituna.

Llegadas a casa, las mujeres debían realizar las precisas tareas del hogar y la compra para preparar la merienda del día siguiente.

Según iban terminando las cuadrillas, para celebrar los días compartidos de trabajo duro y frío, en casa del manijero o del propio amo se organizaba una noche de fiesta llamada tortillá, a la que asistían todos los componentes de la cuadrilla de hombres y mujeres mas algunos allegados o invitados, corriendo todos los gastos por parte de los amos de turno.

Por la mañana, las mujeres preparaban la masa y los ingredientes para hacer buñuelos; por la noche, los hombres hacían un buen recipiente de limoná y, todos reunidos, festejaban con comida, bebida, tertulias, cantes y bailes el final de la recolección quizá más importante del lugar.