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Hotel la Caminera

Disfrutar - Tradiciones y costumbres

 - Los maitines

Entre villancicos, toques de zambomba y de panderetas, la gente se desparramaba por el pueblo donde aguardaban los preparativos para los maitines.

Avanzada o concluida la simienza, con la temporada de la matanza en marcha y tostando castañas en la lumbre, se entraba en el mes de la Pascua, de lo que dice el refrán: “Hasta San Antón, Pascuas son”.

El día de la Purísima, 8 de diciembre, se vivía con especial significación porque era el día de las madres, y suponía la entrada en el crudo y frío invierno manchego que reducía a las gentes a las cocinas y al brasero. Por ser uno de los días festivos grandes del año, y por lo del frío, marcaba fecha para el estreno de la ropa de temporada: jerséis de lana, botas, abrigos largos, toquillones y las populares pellizas de paño grueso y cuello de piel.

El recogimiento en torno a la chimenea, o alrededor de la mesa camilla con brasero de picón, invitaban a la preparación de la Navidad en familia. Solamente en la iglesia parroquial, las escuelas y algunas casas particulares se montaba el Belén. Pero con la vejiga del cerdo de la matanza, la piel de un conejo y alguna vasija de barro, se construían muchas zambombas. Y al calor del hogar, en torno a la cena y a ritmo de zambomba, las noches precedentes a los maitines (24, día de Nochebuena), se pasaban cantando los villancicos populares de antaño, que eran muy largos.

Los niños preparaban y visitaban el Belén de las escuelas, desarrollando temas y dibujos alusivos a estas fiestas, y colaboraban en la fabricación de la zambomba. Las amas de casa preparaban los productos de cochura propios de la tierra, poniendo especial esmero en los mantecados de harina y manteca de cerdo, y la confitería exponía las figurillas de mazapán de producción propia y artesanal.

Los mozos y la gente más juerguista organizaban la noche de los maitines. Pero antes, para cumplir con el precepto eclesiástico de asistir a la vigilia pascual, el día 24, hasta pasada la Misa del Gallo, no se podía comer carne. La cena de este día transcurría como la de una noche cualquiera, hasta que, después de misa, la gente hacía maitines, o se acostaba. Porque esto de hacer maitines era algo propio de gente joven, que preparaban la celebración de la Nochebuena en cuadrillas de familiares y amigos.

La Misa del Gallo se celebraba con gran animación y asistencia de público. En el coro, un grupo de chicas jóvenes acompañaba el acto religioso con villancicos y otros cantos litúrgicos. Y con el beso al Niño, en fila de a uno, se abandonaba el templo dispuestos a pasar la noche de los Maitines, según lo hubiera preparado cada uno. Entre villancicos, toques de zambomba y sonar de panderetas, la gente se desparramaba por las calles del pueblo para entrar por portadas, puertas y postigos, en las cocinillas, donde aguardaban los preparativos para hacer los esperados maitines, que tenían como plato fuerte el cordero, asado y en friturillas, y acompañado de la limoná. Así transcurría la noche, alegre y tranquilamente, comiendo, cantando y bebiendo.