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Hotel la Caminera

Disfrutar - Tradiciones y costumbres

 - El llevao

Forma y pasos que se daban, a mitad del siglo pasado, en un lugar de La Mancha llamado Torrenueva para contraer matrimonio.

Después de largos años de noviazgo, se imponía dar el paso definitivo. Había que preparar la boda. La novia ya no tenía sitio para guardar trapos y cacharros que acumulaba para el ajuar. Y el novio ya tenía edad. Y, por supuesto, trabajo. Luego todo era cosa de andar los pasos y “casalos”. Porque, en aquellos tiempos, esto de casarse no era sólo cosa de dos, sino más bien de cuatro. Y es que, del momento y las condiciones, mucho tenían que decir los padres.

Tomada la decisión entre bastidores, una pequeña embajada familiar, presidida por la madre del novio, visitaba a otra comisión semejante en casa de la novia. De este modo, las partes interesadas formalizaban el trámite oficial del arreglo de la boda, en el que se fijarían las condiciones previas para la celebración del Llevao, que era el acto público de confirmar a los novios como futuros desposados.

Ambas comisiones fijaban la fecha del Llevao, el número aproximado de invitados, detalles sobre los elementos del convite, y la fecha de la boda, que tendría lugar dos o tres meses después.

El sábado o domingo señalado, la casa de la novia presentaba una formación distinta de la habitual. En la mejor sala próxima a la entrada, decorada para la ocasión, se montaba una mesa petitoria presidida por la novia, madre a la derecha y suegra a la izquierda, con pasillo central y filas de sillas a los lados para las invitadas comunes más allegadas. En otra sala, más informal, el padre de la novia se encontraba acompañado por los asistentes varones más significados. Por el resto de la casa, organizada de forma más anárquica, se repartían los demás invitados formando grupos afines por edad o sexo.

A la hora prevista, después de cenar cada cual en su casa, el novio y todo su séquito de invitados por su parte, muy arreglados con ropa festiva, marchaban a casa de la novia. Llegados a ésta, el novio saludaba a su futuro suegro y pedía permiso para regalar, mientras sus acompañantes buscaban acomodo esperando su turno. Y con el permiso concedido, el novio entraba en la sala principal y, con gran expectación por parte de las ocupantes, recorría el pasillo y depositaba, en sobre cerrado, la cantidad que le permitía su capacidad económica.

Los acompañantes también se acercaban a la mesa y depositaban su aportación en la bandeja preparada al efecto, en la que crecía el montón de billetes y monedas.

Cuando concluía el desfile de aportaciones y donativos, comenzaba la juerga. Y entre copitas por aquí, vasos de limoná por allá, cheches y dulcerías, se pasaba la trasnochada alegre y animosamente.

Ya un poco avanzada la noche, los invitados iban retirándose paulatinamente.