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Hotel la Caminera

Disfrutar - Tradiciones y costumbres

 - De ronda

Dicho de los mozos: Pasear las calles donde viven las mozas a quienes galantean (Diccionario de la Real Academia Española).

El hombre y la mujer están hechos el uno para el otro. Pero dentro de un régimen político dictatorial que propugnaba la Unidad Nacional y del Credo, se pretendía separar lo inseparable como si de poner puertas al campo se tratara. De tal forma que los edificios escolares para niños y niñas eran distintos; en todos los acontecimientos sociales se intentaba llevar a cabo la separación de varones y mujeres.

Mas, no obstante el empeño de diferenciar los papeles de los hombres y las mujeres, la única fórmula de convivencia social admitida oficialmente, y también la única salida como proyecto de vida, sobre todo para la mujer, era el matrimonio. Había que “casase”, salvo cuando vocaciones específicas y voluntarias llevaban a estados civiles no siempre deseados.

Después de las aproximaciones infantiles al otro sexo a través de los juegos más o menos furtivos, las escaramuzas callejeras y los piropos y acercamientos en el paseo por las carreteras, se entraba en edad de rondar. Cuando el mocico se había fijado ya en la mocica que podía ser la mujer de su vida, se ponía en la esquina. Los trajines del hogar, los trabajos del campo y sus consiguientes tareas auxiliares que prolongaban la actividad hasta avanzadas horas de la tarde-noche, determinaban el momento idóneo para las correrías de la ronda.

En la esquina o portada más próxima, el pretendiente aguardaba al acecho como si de una cacería se tratara. El origen familiar, la trayectoria y el destino, en forma de clase, catadura moral y porvenir, tenían su peso en el cocimiento de la cuestión. Por aquello de “cada oveja con su pareja”, se producía una criba de antemano, por la cual rara vez se acercaba un hombre a una mujer que no perteneciera a su clase social. El vecindario y demás ramificaciones de conocidos y amigos ponían la guinda al pastel en forma de críticas, comentarios y valoraciones de dudosa interpretación.

Con la primera salida de la moza a la puerta de su casa para dar audiencia al amado, concluía la batalla. Era la señal inequívoca de que todo estaba resuelto. Empezaba ahora una larga etapa de años de noviazgo en la que se sucederían toda suerte de avatares y altibajos, propios de cualquier relación humana. El afortunado pretendiente, como tributo al éxito obtenido, estaba obligado a pagarse el piso con la gente más allegada de su círculo de amistades.

Durante los ocho o diez años que podía durar el noviazgo, si llegaba a feliz puerto, la fórmula más habitual de relación entre la pareja era hablar en la puerta o en la ventana, agarrado el mozo a los barrotes. Con qué ilusión se soportaba el fatigoso trabajo del día, luchando contra las inclemencias del tiempo, mirando al cielo y husmeando los vientos, con la esperanza de que fueran favorables a la cosecha, y entremezclando estos pensamientos con el recuerdo de la novia que esperaba a la noche.

Las noches de verano, si bien, de una parte, ofrecían agradable ambiente para el encuentro de las parejas, de otra, obstaculizaba tales encuentros porque los miembros de la familia tomaban el fresco sentados ante la entrada de la casa hasta altas horas, ocupando el espacio y el tiempo que los jóvenes necesitaban.

No obstante todo ello, para las relaciones del día a día, los domingos y festivos se paseaba, se hacían reuniones, juergas de grupo en el campo o se iba al cine. Pero siempre guardando las distancias ante la presencia de los mayores, hasta de los tíos carnales.

En el largo recorrido hasta la petición de mano oficial y el arreglo de boda, habría que vencer muchos obstáculos y sortear dificultades de todo tipo. Cuando la chica no se ponía detrás de la ventana o en la puerta, o el chico no esperaba en la esquina, muy mal andaba la cosa. Pero al final, en la mayoría de los casos, había boda.