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Hotel la Caminera

Disfrutar - Tradiciones y costumbres

 - Los juegos. La tángana

Cuando no había televisión, ni apenas juegos mecánicos, y la asistencia a la escuela era un tanto relajada, el juego aparecía como algo mágico.

La expresión “ir a jugar a la calle” encerraba un amplio significado de vivencias y situaciones, porque la calle era, en gran manera, la escuela de la vida. Y ya se sabe que la vida tiene de todo.

Los juegos de antaño eran algo enriquecedor por su aporte a la imaginación, creatividad, destreza y habilidades, desarrollo físico y, sobre todo, era comunicación, porque se jugaba con los vecinos, con los amigos y compañeros de colegio, con los primos; en definitiva, se jugaba en compañía, la mayoría de las veces en pandilla.

Cualquier sitio era bueno para jugar. El caso era jugar. Por lo demás, valía el ensanche de una calle, una explanada, un corral, las eras. Lo mismo se jugaba con frío que con calor.

Otro aspecto muy importante y de gran valor educativo eran las reglas. Cada juego o forma de jugar tenía sus propias reglas, a las que había que atenerse, que se aprendían con la observación y la práctica del juego en cuestión. El incumplimiento de estas reglas no escritas era el principal motivo de conflicto, ya que no había árbitro o juez encargado de dirimir las desavenencias surgidas durante el juego.

La mayoría de los juegos suponían movimiento y acción, en los que la capacidad física determinaba los resultados de la competencia. Había una gran cantidad de juegos.

La práctica del fútbol, de manera más o menos seria o informal, en las eras y el campillo, estaba bastante generalizada. En el paraje de las cumbres, los estudiantes y jóvenes favorecidos que disponían de tiempo para entrenar jugaban allí. Mientras tanto, la tángana era la práctica por excelencia de los mozos agricultores.

En las mañanas de los domingos y festivos, y cuando los temporales paralizaban las faenas del campo, en las explanadas terrizas de las afueras del pueblo se montaba el tinglado. Un cilindro de madera, algo cónico por la parte superior, de una cuarta de alto, dos tejos de hierro pesados, especialmente construidos para su fácil lanzamiento, y unas monedas coronando la tángana, era todo lo necesario. El cilindro se colocaba a unos treinta metros de la raya de lanzamiento, que también servía de referencia para establecer el orden de intervención de los jugadores que, por parejas o individualmente competían por derribarla y dejar alguno de los tejos próximo a las monedas, que se esparcían por el suelo y pasaban a los bolsillos de los ganadores como premio a su puntería y habilidad.

En definitiva, con estas actividades lúdicas, los niños y jóvenes vivían intensamente la vida del juego, inundando el ambiente de gritos, carreras, canciones y emociones, ajenos a toda contaminación externa tan propia de nuestros tiempos. Se jugaba hasta el cansancio o agotamiento. Apenas existía el tiempo. Se vivía feliz.