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Hotel la Caminera

Disfrutar - Tradiciones y costumbres

 - La Limoná

Bebida muy particular de Torrenueva, tiene como principal ingrediente el vino blanco (de excelente calidad en la zona), muy utilizada en las celebraciones.

El ser humano necesita relacionarse, necesita estar con sus semejantes. Pero esta relación requiere siempre de un pretexto que la justifique. No basta “estar con…”; es necesario justificarlo con algún elemento integrador que sirva de enlace, que puede tener múltiples formas de manifestarse en la amplia gama de las actividades laborales, recreativas, culturales, deportivas, etc. Es necesario tener un proyecto común por pequeño o grande que éste sea, pero que dé sentido a la relación, que la mantenga y la renueve.

En el antiguo mundo rural, la relación entre las personas estaba favorecida y limitada por las condiciones de vida y de trabajo. El trabajo, eminentemente agrícola y ganadero, daba ocasión en las temporadas de las recolecciones al trabajo en cuadrilla, lo que favorecía la relación y la camaradería de los trabajadores.

De otra parte, la ausencia de espectáculos y de instalaciones recreativo-culturales reducía los encuentros colectivos o de grupo a las celebraciones domésticas y a las fiestas populares.

En este marco de escasez de recursos para la diversión, se imponía la necesidad de recurrir a elementos caseros. Cualquier ocasión era buena para hacer una “limoná”: un cumpleaños, un bautizo, comuniones y bodas, y todo aquel acontecimiento que mereciera ser celebrado. Pero, por sistema, durante todo el año y toda la vida funcionaba la cuadrilla de la limoná.

La mayoría de los hombres tenían su grupo de amigos para echar el rato en la tarde del domingo y fiestas de guardar. Estos grupos, de de ocho a diez componentes, no más, se iban forjando en la juventud, en base a la semejanza de edad, clase social y afinidades de trabajo y parentesco.

La cuadrilla funcionaba mínimamente organizada. Cada tarde del domingo o festivo, por turno establecido, los amigos de la limoná se reunían en la casa de uno de ellos para la tertulia. El obligado de turno debía poner el local y los ingredientes para la limoná. La cocina, la sala de estar, o el patio o corral en verano servían de marco acogedor para el encuentro y el esparcimiento. Un lebrillo de barro, un cazo aporcelanado, un vaso pequeño de cristal, unos litros de vino blanco a granel de las bodegas del lugar, agua y azúcar, y…, ¡listo!; no hacía falta más.

Después de comer o de la siesta, se daba una vuelta por la plaza para llenar los bolsillos con medías de cheches (cacahuetes, altramuces, garbanzos tostados, guijas, chufas…) y, en pequeños grupos, los amigos se iban incorporando cada uno a su limoná.

Llegados a la casa, se formaba el corro en torno a la mesa con el lebrillo, donde se haría la bebida por excelencia al uso. La tarde estaba planteada. El desarrollo de la misma dependía de las características peculiares de cada cuadrilla, en función de que sus componentes fueran jóvenes o no tan jóvenes, agricultores o artesanos, u otros grupos.

La tertulia transcurría tranquila y serena al principio, pero, a medida que el lebrillo bajaba de nivel, los ánimos subían de tono. También se jugaba a las cartas, al truque, las siete y media o algún otro juego.

Al final de la tarde aparecían algunas mujeres, novias o casadas todavía jóvenes, y el grupo se disgregaba, dejando tras de sí la imagen un poco desoladora de todo lo que acaba: el corro desdibujado, con las sillas desocupadas, el lebrillo vacío, el suelo con restos de cacahuetes y otros cheches y la estancia llena de humo. Hasta otro domingo, y en otra casa.